Abres el móvil dos minutos, sin pensarlo. Y sales de ahí sintiéndote peor de lo que entraste, con la sensación de que todos los demás tienen algo que a ti te falta.
No ha pasado nada objetivamente malo en esos dos minutos. Solo has mirado la vida de otras personas y la has puesto al lado de la tuya. Y esa comparación, por si sola, ya ha cambiado cómo te sientes.
¿Por qué el crebro necesita compararse?
Compararte con los demás no es un defecto de tu personalidad, es un mecanismo con el que todos nacemos. Cuando no tenemos una forma objetiva de evaluarnos (por ejemplo: ¿soy buen padre?, ¿voy bien en mis estudios?, ¿mi vida va como debería?, …), usamos las vidas de las demás personas como referencia. Es la manera que tiene el cerebro de ubicarte en el mundo cuando no hay una regla fija con la que medirte.
Pero el problema no es comparar. El problema es que tipo de comparación haces y con que frecuencia. Compararte «hacia arriba», con quien tiene más, es mejor o parece más feliz, genera casi siempre sensación de carencia. Compararte «hacia quien eras tu antes», no con otra persona, contigo mismo en el pasado, es la única comparación que suele salir bien parada.
Por qué las redes sociales lo han multiplicado
Antes te comparabas con el vecino, el compañero de trabajo, la familia,… Personas reales, con vidas reales que conocías de forma completa, no solo el mejor momento editado. Hoy te comparas, varias veces al día, con miles de vidas que solo muestran su cara más favorecedora.
Nadie sube el día que discutió con su pareja, el que que no le llegaba el dinero, o la tarde que se quedó en la cama sin fuerzas. Ves un aparador, y como tu cerebro no está diseñado para distinguir entre «escaparate» y «vida real» a esa escala, compara tu proceso completo con el resultado, editado, de es persona o grupo. Es una comparación estructuralmente injusta, pero tu lo sientes como un algo real que afecta a tu vida.
Cómo se diferencia de otros patrones parecidos
La comparación constante suele ir de la mano de otros patrones que ya hemos tratado, así que conviene tener clara la línea que los separa.
Con la autocrítica excesiva: la autocrítica es la voz que te juzga desde dentro. La comparación es el material que esa voz usa para alimentarse desde fuera. Mira los logros de los demás y los convierte en un argumento más contra ti. Suelen retroalimentarse. Lo puedes ver en autocrítica excesiva.
Con el perfeccionismo: el perfeccionismo mide, compara, contra un estándar propio, aunque parezca imposible, mientras que la comparación mide contra el logro de los demás. El perfeccionismo mira hacia adentro, mientras que la comparación lo hace hacia fuera, pero ambos dejan en la persona la sensación de no llegar. Lo puedes ver desarrollado en perfeccionismo.
Y como ya vimos en el mapa general de la autoestima condicional, compararte constantemente y casi siempre salir perdiendo es una de las señales más claras de que tu valor propio depende de una referencia externa. En este caso, literalmente, de otra persona o grupo.
Cómo cambiar la relación con la comparación
No se trata de dejar de comparar nunca. Es un mecanismo automático, no un interruptor. Se trata de notarlo y ponerlo en su sitio antes de que decida como te siente.
No sientes envidia de lo que otros tienen. Sientes la distancia entre lo que tienes y lo que crees que deberías tener.
Y esa distancia la fijas tú, aunque parezca que la fija el otro.
Cuándo pedir ayuda profesional
No hace falta que la comparación te impida funcionar para que decidas que necesitas trabajarla. Es un patrón aprendido, y como todo patrón aprendido, se puede modificar. No se trata de eliminar toda comparación por completo, sino quitarle el poder de que decida cuanto vales.
Si notas que la comparación constante afecta a tu ánimo de forma periódica, que evitas compartir tus propios logros por miedo a que parezcan que son poca cosa comparado con los demás, o si sientes que gran parte de tu autoestima depende de como te ves frente a los demás y no de quien eres, ese es el momento de empezar a buscar apoyo para solucionarlo.
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