Entregas el informe. Está bien. De hecho, está muy bien. Te lo dicen, te lo confirman, y aun así, lo primero que haces es repasarlo buscando el fallo que se te ha podido escapar.

No es que seas exigente contigo mismo en el buen sentido. Es que, para ti, «bien» nunca ha sido un lugar donde parar.

¿Qué es perfeccionismo? ¿Y qué no es?

Tener buenos estándares no es perfeccionismo. Querer hacer las cosas bien, cuidar los detalles, esforzarse por un buen resultado,… eso es exigencia sana, y no tiene porque doler. Los buenos estándares te motivan. El perfeccionismo, en cambio, te castiga cuando no lo alcanzas.

El perfeccionismo aparece cuando el estándar deja de ser una guía y se convierte en una condición: si no lo alcanzas, no vale. No hay término medio entre «perfecto» y «fracaso». Y como la perfección real casi nunca es alcanzable, el resultado es una insatisfacción crónica, sin importar lo bien que te vaya objetivamente.

Es la misma lógica de la autoestima condicional: tu valor no depende de quien eres, depende de un resultado que nunca termina de ser suficiente.

Tampoco hace falta que el patrón sea global: muchas personas son extremadamente perfeccionistas en el trabajo y mucho más flexibles en casa, o al revés. El perfeccionismo suele concentrarse justo donde tu valor personal está más en juego. Por eso conviene preguntarse no solo si eres perfeccionista, sino en que áreas concretas lo eres.

Las tres caras del perfeccionismo

La investigación distingue tres formas distintas de perfeccionismo, y no todas se ven igual desde fuera.

Perfeccionismo orientado a ti mismo

Es el más reconocible: te exiges a ti mismo estándares imposibles y te juzgas con dureza cuando no los alcanzas. Es el que más se vive puertas adentro, nadie más lo ve, pero tú lo sientes en cada tarea.

Perfeccionismo orientado a los demás

Menos hablado, pero igual de real: esperas de otros el mismo nivel de exigencia que te aplicas a ti mismo. Suele generar roces y desavenencias en el trabajo o en la pareja, y quien lo vive no siempre entiende por qué genera tanta distancia.

Perfeccionismo socialmente «prescrito»

Es la sensación de que son los demás los que esperan el máximo de ti: el jefe, la familia, … incluso una idea abstracta de «lo que se supone que debo ser». Es el más agotador de los tres, porque el estándar ni siquiera está bajo tu control, sino que es una expectativa externa que interpretas, sin que nadie la haya puesto ahí la mayoría de las veces.

Las tres pueden convivir en la misma persona, y suelen alimentarse entre sí.

¿Te has reconocido en alguna de las tres? No hace falta llegar al agotamiento para pedir ayuda.
El perfeccionismo se puede trabajar mucho antes de que se convierta en agotamiento constante.

El coste real del perfeccionismo

El perfeccionismo tiene una paradoja que sorprende a quien lo sufre: suele generar procrastinación, no proactividad. Si empezar algo significa arriesgarse a que no salga perfecto, entonces es mejor no empezarlo, o dejarlo para el último momento, cuando ya no hay tiempo para exigirse tanto.

También tiene un coste emocional acumulativo: la satisfacción por un logro dura minutos, en cambio, la insatisfacción por cualquier imperfección dura mucho más tiempo. Con los años esto se acentúa. Y en el ámbito laboral esto se convierte en uno de los caminos más directos hacia el agotamiento (puedes saber más sobre ello en burnout: señales de que el trabajo te está quemando por dentro.

Si lo que sientes no es tanto perfeccionismo en el desempeño sino la sensación de que, hagas lo que hagas, no mereces el resultado, eso tiene su propio desarrollo en síndrome del impostor.

Cómo empezar a soltarlo (sin perder tu exigencia sana)

No se trata de dejar de importarte el resultado. Se trata de que el resultado deje de decidir tu valor como persona.

  • Redefine que quiere decir «suficientemente bueno» de forma cocreta. Antes de empezar una tarea define que nivel la hace válida, no perfecta, válida. Cuando lo alcances, párate ahí, aunque tengas la tentación de seguirla puliendo.

  • Practica entregar algo deliberadamente imperfecto. Suena antinatural, pero es la mejor forma de comprobar que el mundo no se derrumba cuando algo no es perfecto, y que tu valor sigue intacto.

  • Separa error de fracaso. Un error es información sobre una tarea concreta. Un fracaso, en la cabeza perfeccionista, es un veredicto sobre uno mismo. No son lo mismo, aunque lo parezcan en el momento.

  • Nota cuándo el estándar ya no es tuyo. Si sientes que «deberías» hacerlo perfecto porque otros lo esperan, pregúntate si esa expectativa es real o es una historia que te estás contando.

El perfeccionismo no es tener estándares altos. Es no permitirte llegar a ellos sin castigo.

Y esa es la diferencia entre exigencia sana y sufrir una condena que nunca se acaba, que nunca se cumple del todo.

Cuándo pedir ayuda profesional

El perfeccionismo casi nunca se supera con fuerza de voluntad, no se cura de un día para otro como «una infección», porque es algo que se desarrolla con el tiempo y lleva muchos años instalado, lo que hace que se ponga en marcha de forma automática, sin que te dé tiempo a frenarlo, sin que puedas pararte a pensar. No se trata de no tener estándares, sino que éstos dejen de estar ligados a un castigo emocional cuando no se cumplen del todo.

El momento de buscar ayuda es cuando empiezas a notar que ese perfeccionismo te frena el empezar cosas, cuando ves que la satisfacción por los logros conseguidos dura muy poco, o si sientes que tu valor personal depende de si haces las cosas, no bien, sino perfectas,

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